La Guajira es la tierra del cactus, del mar y la sal. Y tras el voluptuoso panorama de Manaure, donde están los pozos salinos, tiene la oscura belleza del paisaje carbonero.

La Guajira es una tierra salvaje, como sus espinosos senderos, pero amable, como su gente; puede uno sufrir por una varada en medio del desierto, pero también puede acampar al pie del faro más septentrional de Suramérica, en el Cabo de la Vela.

Así como sus colores son los extremos, el blanco y el negro, también así lo son sus costumbres y sus formas de vida: un desarrollo “absoluto” y repentino, que se confunde con una pobreza absoluta.

Además, si Colombia es un país de vernáculas tradiciones, en La Guajira se conservan las más puras costumbres.

Y sólo el río Ranchería, que pasa muy cerca al complejo de El Cerrejón para luego atravesar las desérticas tierras de la parte alta, es testigo simultáneo de sus dos caras: la del carbón y su moderna tecnología y la de la sal, extraída a lomo de mula y sudor indígena.